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29/03/2014
La vida en la frontera de la física

Los 2.500 trabajadores fijos del CERN reciben cada año a 11.000 científicos de cien nacionalidades que pasan desde unas pocas semanas hasta varios años investigando en el mayor laboratorio de partículas del mundo. El ambiente que se crea en unos kilómetros a la redonda de la frontera franco-suiza es estimulante, curioso y bastante friki. 

Fuente SINC

“A veces, cuando lo miro, siento que estoy ante un templo del conocimiento lleno de detalles que condensa el esfuerzo de generaciones de físicos y tecnólogos; igual que las grandes catedrales góticas fueron la culminación de los saberes de su época”, reflexiona en voz alta el físico Ignacio Redondo mientras señala una inmensa mole atiborrada de piezas de hierro, cables, tuberías y tornillos de colores que se yergue ante nosotros. Es el experimento CMS, la máquina en la que trabaja cada día, a pocos minutos de su casa en la meseta del Jura.

El científico madrileño (de Aluche, para más señas), está contratado por el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT); pero vive con su pareja y su hijo de dos años en Cessy, un pequeño pueblo de la frontera franco-suiza, desde donde tarda unos cinco minutos en llegar al trabajo en el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN). Forma parte del equipo que tiene la responsabilidad de poner a punto la electrónica del CMS para afrontar los nuevos retos que se le plantean después de haber dado caza al esquivobosón de Higgs en 2012, junto con su compañero el superdetector ATLAS.

La vida sigue después del higgs en el gran acelerador de partículas LHC, donde, como Redondo, “unas 800 personas trabajan para aumentar la cantidad de colisiones de los experimentos manteniendo los máximos niveles de seguridad”, explica el nuevo director del departamento de Tecnologías del CERN, el granadino José Miguel Jiménez, uno de los 2.500 trabajadores en plantilla del centro.

El objetivo de las reformas que se llevan a cabo en este momento es “que todo esté listo para una nueva física a finales de marzo de 2015”, anuncia Jiménez con un marcado acento galo adquirido en los liceos franceses donde se educó este hijo de diplomático.

Los más de 11.000 científicos de cien nacionalidades que cada año utilizan el gran acelerador esperan que, cuando el LHC funcione al doble de potencia, la máquina proporcione respuestas para los grandes y complejos misterios de la física: si existen partículas supersimétricas, qué es la materia oscura, dónde está la antimateria y cómo se explica la fuerza de la gravedad. 

Cuando se oye hablar a los expertos del CERN acerca de cuestiones de tal calibre, resulta difícil imaginar que, aparte de preocuparse por el desequilibrio entre materia y antimateria en el universo, estos científicos compran en el súper, practican deportes, montan fiestas y ligan, como el común de los mortales. Pero lo hacen. 

“Yo estoy en el club de esquí para el invierno, en el de golf para el verano y en el de fitness todo el año”, cuenta Bárbara Álvarez, investigadora posdoctoral en el experimento ATLAS con la Universidad del Estado de Michigan, que vive en Ginebra desde 2010 con su novio, al que conoció en otro acelerador, el Fermilab de Chicago.

“Hay unos 50 clubes de música, deportes, baile, etc., que reflejan la gran diversidad que existe aquí”, dice Mar Capeáns, una investigadora veterana que lleva en el CERN desde 1992.

Un par de días de visita son suficientes para intuir que en el centro donde se descubrió el higgs uno solo se aburre si se lo propone. La inquietud científica, por descontado, está cubierta, y hay estímulos de sobra para satisfacer los más variados intereses; basta con tomar el tranvía en la puerta principal y recorrer un camino de veinte minutos hasta el centro de Ginebra, una ciudad cosmopolita con una oferta cultural envidiable, donde 42.000 personas de otros países trabajan para organizaciones internacionales.

Volvamos a la frontera franco-suiza. Allí las instalaciones del CERN, de estética industrial y un tanto decadente, reúnen a científicos e ingenieros del más alto nivel, además de técnicos, estudiantes de doctorado y posdocs con prometedoras carreras, que se desplazan en bicicleta de un edificio a otro.

A pesar de que, como recalca el director de Tecnologías, José Miguel Jiménez, “esto no es un campus, sino un centro tecnológico”, las paredes de sus edificios guardan detalles que recuerdan el ambiente universitario. Carteles con chinchetas anuncian las actividades de grupos de baile, rugby, literatura anglosajona o petanca. Algunos cuelgan chistes, la mayoría en inglés. Una viñeta de Forges sobre el bosón de Higgs decora la puerta de Álvaro de Rújula, uno de los físicos teóricos españoles con más solera en el CERN.

Los investigadores casi nunca cierran sus despachos porque no hace falta: todo el mundo habla en voz baja. Con cara de resignación aguantan los atascos de los visitantes para fotografiarse junto a la placa conmemorativa de que fue allí, en aquellos viejos pasillos enmoquetados,donde Tim Berners Lee inventó la web. Ahora, 25 años después, en ese mismo hábitat conviven pósteres de congresos celebrados en ciudades de todo el mundo con banderas multicolores del club LGBT, en el que se asocian las lesbianas, gais, bisexuales y transexuales del CERN.

“Hay un ambiente muy abierto, con gente de todas partes y jóvenes en edad de fiesta”, recuerda el físico leonés Isidro González, que de 2000 a 2003 vivió en el entorno del CERN para preparar elsoftware del detector ALICE. Aunque volvió a España y hoy investiga en la Universidad de Oviedo, no ha dejado de viajar al CERN tres o cuatro veces al año.

González recuerda sus años en el laboratorio como una experiencia insuperable para un amante de la ciencia. Al preguntarle si en la élite de las partículas los científicos se acuerdan de salir y ligar, suelta una carcajada y reconoce: “Se hacen parejas entre investigadores, sí. Nuestra especialidad es sacrificada, pasamos muchas horas juntos y al final surge. Como este centro es tan grande, es fácil relacionarse solo con gente del CERN; lo malo es que corres el riesgo de pasarte la vida hablando de trabajo”, reflexiona.

Desde la experiencia que le dan sus 22 años en el centro, Mar Capeáns confirma esta sensación: “El trabajo es intenso y la gente interesante, por lo que relacionarte con gente del CERN fuera del trabajo es natural. Pero creo que la vida en Ginebra y su entorno es muy agradable y fácil”.

Ella vive en la capital suiza, pero otros compañeros optan por instalarse en Saint Genis, Thoyry, Freney, Cessy u otro de los pequeños pueblos franceses fronterizos, que se han convertido en dormitorios del CERN. Cuando el LHC está en funcionamiento, los protones cruzan la frontera franco-suiza varias veces al día dando vueltas en su anillo de 27 kilómetros. A mucha menos velocidad, 90.000 personas, conocidas como los frontaliers, se desplazan a diario desde Francia, donde la vida es más barata, hasta Suiza, donde trabajan.

“La elección depende del presupuesto y los gustos de cada uno. Los investigadores enviados por los institutos que participan en el LHC cobran los sueldos de sus países, que no siempre les permiten vivir en Ginebra, y muchos se instalan en Francia. Los pueblos en la montaña son ideales para quien quiera una casita tranquila con jardín a 15 minutos del trabajo”, dice González.

No fue su caso: después de un año de vida bucólica en Saint Genis, se buscó un piso en la capital suiza. Pero tampoco se aburrió en el pueblo: “En aquella época, nos juntábamos en casas de unos y otros; y siempre está el mítico Charly's, conocido por todos porque es el único pub donde tomar unas cervezas en kilómetros a la redonda”.

Para comer y beber dentro del CERN, hay dos opciones: abastecerse en el bufé de la cafetería principal, variado y de calidad excelente, pero no barato; o cocinar uno mismo en las dos cocinas amplias y bien equipadas de las residencias del centro, en los edificios 38 y 39. Esta es la opción elegida por los estudiantes que no disfrutan de presupuestos holgados.

En las dos cafeterías de mobiliario ultramoderno, cuyas enormes cristaleras dejan entrar toda la luz posible desde las montañas, no solo se come; son los espacios favoritos de los ‘cernianos’ para socializar y pensar en equipo.

“Estoy convencido de que muchas ideas para el diseño de los detectores han surgido allí ­–asegura González–. Es donde quedamos con nuestra tableta y la magnífica conexión WiFi del CERN para discutir sobre nuestros experimentos en un ambiente más cálido que el del despacho”.

A la hora del almuerzo, podemos ver a Rolf Dieter Heuer, director del CERN, sentándose en una de las mesas corridas para degustar una fondue. Nadie parece inmutarse a su alrededor. Cuando termina, retira su bandeja como cualquier otro comensal.

“No es difícil abordar a uno de los grandes y mantener una charla informal con él, ni siquiera en el comedor tienen un sitio especial”, dice González.

Aunque la mayor parte de los usuarios del laboratorio se concentran en la franja de 25 a 30 años, hay quienes siguen por allí pasados los 80. “El intercambio de ideas entre los que acaban de empezar y los veteranos es permanente; de hecho, a los jóvenes se les anima a que expongan su trabajo dando charlas a las que puede presentarse uno de los premios Nobel contratados por el CERN y hacer preguntas y sugerencias”, insiste.

Entre cafés y portátiles, en la cantina también se ven padres y madres con sus hijos. Algunos investigadores externos que van a pasar un largo periodo en el CERN deciden llevarse a la familia. Para los trabajadores del CERN con progenie hay facilidades: “La asociación de personal tiene una guardería buenísima, mis dos hijas han estado allí –cuenta Capeáns–.Acaban de abrir la sección para acoger a los bebés tan pronto se acaba la baja de maternidad”.

La vida parece idílica, ¿pero se echan muchas horas en el laboratorio? “Los estudiantes pre y posdoctorales sí, porque el nivel de competencia es muy exigente: si no lo haces a tiempo, otro lo hará”, dice González. El físico leónes recuerda que los días previos al anuncio del bosón de Higgs, el 4 de julio de 2012, sus compañeros durmieron una media de cuatro horas.

“Algunas veces hay que trabajar más intensamente, y ten en cuenta que los equipos son internacionales y con horarios muy diferentes”, añade Mar Capeáns. Y concluye: “Lo importante en el CERN es hacer un buen trabajo”. Solo así los físicos e ingenieros que conviven en este microcosmos en medio de las montañas lograrán poner a punto sus preciadas máquinas para la nueva física que les espera.